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Qué haremos pues con eso de la calor

8 Nov

Por Zazil-Ha Troncoso

Escribo el título de este artículo en Word, y al darle enter, sin consultarme, automáticamente me cambia la calor por el calor (ups, ahora lo hizo de nuevo), desplazando así ese primer párrafo que por tantos días mastiqué con el fin de abordar este acalorado tema.

Voy a ver las opciones de autocorrección que tiene el programa y me encuentro con aberraciones por el estilo que por fortuna no está dispuesto a dejar pasar: la filólogo, las avestruces y la aprendiz, así como la extensa familia de la hacha, la agua, la águila, la hambre, la álgebra y demás.

En esos casos, bien que el Word haga su labor para sustituirlas, como corresponde, por la filóloga, los avestruces y la aprendiza, al igual que el agua, el águila, el hambre y el álgebra, cuya explicación de por qué siendo femeninas llevan un artículo masculino podrás encontrar aquí.

Sin embargo, en el caso de la calor, es necesario poner una objeción, o cuando menos matizar un poco sobre esta construcción, puesto que su uso en muchos casos no es lo que parece.

Sí, por supuesto, el uso de la calor está asociado con el habla inculta, y en ese sentido, aventuro a pensar que pudo haber sido por influencia de la calura, que es lo mismo que calor, y que se usaba antiguamente.

La prueba de su influencia en el idioma es que usamos muchísimo más la palabra caluroso, derivada de calura, que el caloroso proveniente de calor. De hecho, por imitación de caluroso usamos más la palabra riguroso que la verdaderamente generada a partir de rigor, que sería rigoroso.

Calor lo heredamos tal cual del latín y desde aquellos tiempos es masculino. Así lo establece también el Diccionario de la Real Academia Española, pero al mismo tiempo indica que es “usado también como femenino”.

La aclaración no es para nada nueva, pues desde la edición de 1729 ya refería que “algunos la hacen femenina, diciendo la calor”. Eso significa que desde hace casi tres siglos que se documenta el uso de la palabra acompañada del artículo femenino.

Sin embargo, en el Diccionario Panhispánico de Dudas, la Real Academia dice que su uso era normal en el español medieval y clásico, pero hoy se considera vulgar. 

Pero en contraste, el Diccionario del Español Actual establece que el uso de la calor es popular, que no es lo mismo que vulgar, y muy importante, regional, lo que significa el reconocimiento de que en algunas partes es una palabra femenina.

Abordando el tema en Twitter, surgieron comentarios que ilustran esta perspectiva regional, como los de @el_masse_xy, @NBengoetxea, @juliana_icm y @MJGarciaFolgado (haz clic en los nombres para ver el tuit respectivo). También expresaron otros matices @maiteximenez y @charlymils, y abonó mucho al debate la atinada opinión de @ComaConComilla, la cual comparto, y de algún modo, también la Academia.

Y es que a pesar de su postura de que el uso de la calor debe evitarse, en la Nueva gramática de la lengua española habla sobre este asunto en el apartado correspondiente a los sustantivos ambiguos en cuanto al género, que en buen español, son aquellos que poseen los dos géneros, como el/la azúcar y el/la maratón. Es decir, que cualquiera de las dos variantes es correcta.

Respecto a calor, esta maravillosa y muy trabajada obra dice que “es masculino mayoritariamente, pero en algunas regiones también se emplea la forma femenina, que no pertenece al español estándar”. También habla sobre el caso de el/la mar, en el que la ambigüedad también tiene que ver con motivos geográficos.

El punto es que con esta mención, la Academia reconoce la ambigüedad en cuanto al género de la palabra calor, y sin embargo, no le da ese reconocimiento en la próxima edición del Diccionario, que se supone incluirá los cambios establecidos por la nueva gramática y la ortografía, como lo ha hecho de toda la vida con mar, que tiene la misma restricción geográfica que calor.

Más aún, en contrasentido, al actualizar en el próximo Diccionario la definición de nombre ambiguo, deja como único ejemplo el de el/la mar, y elimina el que mantuvo en sus ediciones de 1970 a la actual de el/la calor.

En pocas palabras, por una parte la Academia lleva casi tres siglos reconociendo que se usa también como femenino y por cuatro décadas lo usó como ejemplo de palabra ambigua, pero en la definición de calor nunca ha admitido que tiene ese carácter, y por otra, lo reconoce como ambiguo en la nueva gramática, pero en el Diccionario lo quita como ejemplo de sustantivo ambiguo.

La gran ironía es que, tratándose de esta palabra, la Real Academia ha sido muy ambigua. Así las cosas, ¿qué haremos pues con eso de la calor?

Fuentes: 1, 2, 3, 5, 7, 8, 14, 15, 22, 23.

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La palabra “presidenta”, dos siglos de vida y resistencia

29 Mar

Por Zazil-Ha Troncoso

Desde hace más de dos siglos que la palabra presidenta existe en el Diccionario y el debate sobre si debe usarse o no ese vocablo para referirse a la jefa de un Estado es pan de todos los días.

Presidenta se incorporó al Diccionario en 1803 como “la mujer del presidente”, asociación que mucho se usaba antaño, y como “la que manda y preside en alguna comunidad”.

La palabra de la que deriva, presidente, llegó al Diccionario obviamente mucho tiempo atrás, en 1737, como “el que preside, manda y prefiere a otros”, y “el que es cabeza o superior de algún Consejo, Tribunal o Junta”, entre otras acepciones.

Claro que la situación por la que el uso de la palabra causa actualmente tanto escozor, el de jefa de un Estado, en ese tiempo ni siquiera estaba contemplada ya no digamos para ellas; para ninguno de los dos géneros.

Lógico: eran los tiempos de la Colonia, cuando las máximas autoridades eran los reyes y los virreyes.

A partir de 1808 se desató el furor independentista de la mayoría de los países colonizados por España, aunque la figura de presidente, tal como la conocemos ahora, llegaría unos años más tarde.

La independencia incluyó un breve paso por triunviratos, regencias, juntas de gobierno, direcciones supremas… Y algunas de esas figuras estaban presididas por una persona, a la que naturalmente se le llamó presidente.

Era el modo en que se entendía la palabra en ese tiempo, y sobra decir que su uso se extendió también para referirse a quienes encabezaban los nacientes poderes ejecutivos.

Pasó más de medio siglo para que la Real Academia Española reconociera la nueva acepción de presidente en un complemento del Diccionario de 1884, donde expresamente se incorporó como “funcionario que en las repúblicas ejerce el supremo poder ejecutivo”.

También ese año hubo un cambio en la acepción de presidenta: de ser “la que manda y preside en una comunidad” pasó a simplemente “la que preside”. Y seguía siendo, como a la fecha, “la mujer del presidente”, con la diferencia de que ahora se considera coloquial ese uso.

Para 1936 cambió otra vez la acepción de presidente: “En las Repúblicas, el jefe electivo del Estado; normalmente por un plazo fijo, y responsable. Puede serlo también del poder ejecutivo cuando el régimen es presidencialista”.

La definición persistió, palabras más, palabras menos, hasta el Diccionario de 1992. Pero se produjo un cambio significativo en la definición de presidenta, que en las ediciones anteriores siempre fue, en esencia, la misma que casi dos siglos atrás.

Ese año, la Academia le agregó a presidenta la acepción de “presidente, cabeza de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc.”, y la que nos atañe, la de “presidente, jefa del Estado”. Hasta ahora es así.

Entonces, ¿forzosamente se debe decir presidenta? La respuesta es: dilo como quieras. Sea la presidenta o la presidente, ambas son correctas.

Y es que la Academia dio una solución salomónica al problema: la palabra presidenta pertenece al género femenino, mientras que presidente se puede usar para ambos géneros.

Así que mi sugerencia es que ya nadie haga berrinches, que con los elementos expuestos decida cada quien cómo le va a decir y que se respete al que elija referirse del modo opuesto.

Esto no se trata de una guerra entre conservadores y liberales; el asunto es si la palabra presidenta se usa o no. Y si está en el Diccionario desde 1803, eso significa que ya existía en el vocabulario desde algunas décadas atrás.

Cuando se admite una palabra en el Diccionario no es por ocurrencia de la Academia, sino porque llega un momento en que su uso es tan extenso y persistente, que debe incorporarlas.

No está de más que los detractores sepan que el uso de la expresión la presidente ha caído en desuso y se impone con mucho el uso de la presidenta.

De acuerdo con el Corpus de Referencia del Español Actual, en 94 por ciento de los casos se usa la presidenta, y solo en el restante 6 por ciento se utiliza la presidente.

Termino con una invitación: quien nunca use en su vocabulario las palabras sirvienta, clienta o pretendienta, que tire la primera piedra.

Les dejo las palabras que ya fueron sujetas a la feminización, es decir, a la acción de dar género femenino a un nombre originariamente masculino o neutro: acompañanta, asistenta, ayudanta, clienta, comedianta, dependienta, farsanta, gerenta, giganta, intendenta, mendiganta, negocianta, parturienta, penitenta, postulanta, practicanta, presidenta, pretendienta, principianta, regenta, sirvienta y tenienta.

Fuentes: 1, 2, 3, 5, 11, 14.