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Independencia

14 Sep

Por Zazil-Ha Troncoso

La Independencia es una de las fechas más conmemoradas en América y la palabra tiene un origen sumamente figurativo, como lo expresa el verbo que constituye el núcleo del vocablo: pender, que viene del latín pendere, que significa colgar, pesar.

De esa idea se originaron palabras como péndulo, que está colgado; suspenso, que está en el aire, es dudoso; a expensas, que representa un peso para otro, o como decimos, a sus costillas.

También tenemos pensión, es decir, un peso, una carga, para un Estado o empresa, y apéndice, que cuelga, como sucede con esa inútil prolongación que tenemos al final del intestino grueso.

De pender y la idea de pesar viene también pensar, puesto que cuando uno piensa, le da peso a las cosas, a las situaciones, a las personas, para obtener una idea, una propuesta, una reflexión, una postura.

La estrecha relación entre pender, pesar y pensar se aprecia en palabras como sopesar y ponderar, que significan dar valor a algo, determinar su peso, lo cual hacemos mediante el acto de pensar.

Tenemos, pues, bastante entendido lo que es pender, al que ahora antepondremos la partícula de para obtener la palabra depender, que significa estar bajo la influencia o autoridad de algo o de alguien.

En este caso, la partícula de tiene la finalidad de reforzar el sentido de la palabra, como pasa también en otras como demostrar, devoto y denominar.

En resumen, si pender significa, en el contexto de lo que era nuestra relación con España, estar subordinados a ella, colgados de ella, entonces depender implica que ese vínculo es muy fuerte. Bueno, tanto, que para deshacerlo se necesitó una guerra.

Ahora agreguémosle a la palabra depender la terminación ncia, que se usa para dar la idea de un estado permanente, una calidad duradera, como se aprecia en fragancia, ignorancia, constancia, penitencia, y nuestra palabra obtenida, dependencia.

Falta agregarle una partícula más, in, que significa negación. Dicho de otro modo, cuando los países de América colonizados por España decidieron ya no estar subordinados a otro gobierno. Claro que esto puede ser muy relativo, pero esa esa es harina de otro costal.

Lo que sí llegó para quedarse fue nuestro maravilloso idioma español, ¿a poco no?

Fuentes: 1, 10, 18, 22.

 

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Luna llena… de curiosidades

16 Jul

Por Zazil-Ha Troncoso

Ah pero qué bonita es la luna, ¿a poco no? A todo el mundo le gusta, y cuando vemos que está redonda, hemos de mostrar nuestra fascinación y dedicar un rato a contemplarla embelesados.

Luna es una palabra que conservamos tal cual se decía en latín. En el primer Diccionario de la Real Academia Española, de 1734, se le definió como “el menor de los dos luminares que puso Dios en el cielo para que presidiese a la noche”.

Se le llama luminar a los astros que despiden luz, por lo que a la Luna se le llamaba el luminar menor, y al Sol, el luminar mayor, y como se puede ver, eran los tiempos en que las definiciones del Diccionario estaban muy influenciadas por la religión católica.

En la actualidad, a la Luna se le define, simplemente, como el único satélite natural que tiene la Tierra, y en ese sentido, debe escribirse con mayúscula inicial.

Por su origen, la palabra luna se relaciona con luminoso, luz, lucir y lumbre. Y de ella derivan otras como lunes, que es el día de la Luna, y lunar, por la forma de esta mancha en el cuerpo y porque se creía antiguamente que este astro, el favorito de la poesía, era culpable de su existencia.

También hablamos de alunizar cuando una nave o un hombre pisan la Luna y le decimos lunado a lo que tiene forma de media luna, mientras que en la naturaleza tenemos al pez luna, también conocido como troco, rueda, rodador o mola mola, llamado así por su impresionante parecido con el famoso luminar.

¿Y qué decimos de aquellos que andan de buenas, y de pronto se vuelven insoportables? Que son unos lunáticos, asociando su temperamento con lo cambiante de la luna.

Tan arraigada estaba la creencia de que ella era la culpable, que el mencionado primer Diccionario decía que el lunático era “el loco cuya demencia no es continua, sino por intervalos que proceden del estado en que se halla la luna”.

Y precisaba que “cuando está creciente, se ponen furiosos y destemplados, y cuando menguante, pacíficos y razonables”. Qué tal.

Otros términos relacionados con la Luna los heredamos del griego selene, de donde surgió selenio para el elemento químico, así como selenografía, parte de la astronomía que trata de la descripción de la Luna, y selenita, un supuesto habitante de nuestro satélite.

Pero vámonos mucho más atrás, a los tiempos anteriores al latín y al griego, cuando predominaba la lengua indoeuropea y a la luna se le llamaba men o mon, lo que dicho sea de paso, explica que en inglés se llame moon.

En esos tiempos, así como el sol marcaba el día, como hasta ahora, el ciclo lunar definía el mes, de ahí que en el idioma indoeuropeo, a este lapso también se le llamara men, igual que a la luna.

Siglos pasaron y del indoeuropeo surgió el griego, idioma en el que a la luna y al mes se les siguió llamando men, mientras que en latín evolucionaron a mensis (sí, ya sé lo que están pensando).

Pero usar la misma palabra para dos cosas diferentes era confuso, así que se tomó una decisión tajante: griegos y latinos rebautizaron a la reina de la noche como selene y luna, respectivamente. Ambas significan “la luminosa”.

Y dejaron men y mensis para referirse a ese lapso que hoy llamamos mes, aunque su antiguo significado de luna dejó huella en palabras como menisco (por la forma que tienen) y neomenia (luna nueva).

Pero también obtuvimos palabras como mensual, menstruación, menopausia y medida, que viene del latín mensura, puesto que el mes lunar era la principal medida de tiempo en la Antigüedad, lo que nos lleva a parientes lejanos como dimensión e inmenso.

Me despido con un detalle muy simpático: en nuestras uñas tenemos manchas que nos remiten a las tres raíces -indoeuropea, latina y griega- relacionadas con la luna.

Del griego selene viene selenosis, es decir, esas manchitas que luego nos salen en las uñas, también llamadas coloquialmente mentiras, aventuro que es palabra derivada del indoeuropeo men, mientras que del latín luna derivó lúnula, esa semiluna que tenemos en el nacimiento de las uñas.

Fuentes: 1, 5, 10, 11, 12, 18.

 

Eres un cínico, un canalla… ¡un perro!

29 Jun

Por Zazil-Ha Troncoso

Será el mejor amigo del hombre, pero hasta la fecha nadie sabe de dónde viene la palabra perro. Se cree que tiene que ver con su gruñido o porque se les llamaba con algo así como un “prrr”, pero solo son teorías que nunca se han podido comprobar.

Lo que sí se sabe de la palabra perro es que no viene del latín. Lo que se desconoce es si surgió en España después de que los romanos se apoderaran de ella, o si ya estaba ahí cuando llegaron, lo cual parece ser la tesis más sustentada.

Cuando el español comenzó a tomar forma, el vocablo que surgió para estos lindos animalitos fue el de can, que en la actualidad solo tiene un uso poético o como sinónimo en casos desesperados.

Can viene del latín canis, de donde deriva canalla, y del griego kynos, que dio origen a cínico, dado que ambos, se supone, se comportan como perros.

Decía Miguel de Cervantes Saavedra, en el diálogo entre perros llamado Coloquio que pasó entre Cipión y Berganza.

“¿Al murmurar llamas filosofar? ¡Así va ello! Canoniza, canoniza, Berganza, a la maldita plaga de la murmuración, y dale el nombre que quisieses, que ella dará a nosotros el de cínicos, que quiere decir perros murmuradores”.

El vocablo can le dio también su nombre a las Islas Canarias debido a que el rey de Numidia, Juba II, las visitó en el siglo I y le llamó la atención el hecho de que había muchos perros.

Así que llamó a una de ellas, en latín, Insula Canaria, es decir, Isla de los Canes. La palabra canaria está formada por can, a la que se agregó la terminación aria, una partícula que usamos para formar vocablos que indican un conjunto numeroso, como pasa con herbolaria y delfinario.

Esa isla hoy se llama Gran Canaria, y con el tiempo, el nombre que le dio Juba II quedó para todo el archipiélago: Islas Canarias. Luego resultó que en ellas también predominaba cierta clase de pajarillos muy lindos y trinadores, a los que llamaron canarios.

De can deriva también la palabra cancerbero, con la que nos referimos coloquialmente a un portero o guardia que es brusco y maleducado. Nos quejamos y decimos que parece cancerbero.

En la mitología griega, Hades, el dios del inframundo, tenía un perro de tres cabezas que le custodiaba la entrada y se llamaba Cerbero, que a su vez significaba demonio. Era, pues, el can Cerbero.

También está la palabra canijo, cuyo origen se desconoce, pero se cree que puede venir del latín canicŭla, que significa perrita, puesto que se refiere a una persona ya sea bajita o enfermiza.

En México se usa canijo para decir que alguien es un cabrón o que algo, por su complejidad, está cabrón, pero sin caer en el terreno de la grosería.

La huella dejada por can se ve también cuando nos referimos a nuestros colmillos como caninos, o cuando hablamos del canódromo, donde compiten los galgos, o cuando sacrifican a un perro con estricnina, también conocida como matacán.

En el primer diccionario de la Real Academia Española, de can se decía que era “lo mismo que perro”, y de perro, “animal doméstico y familiar, del que hay muchas especies y todos ellos ladran”.

Esa misma edición, de 1737, consignaba también acerca de perro que “metafóricamente se da este nombre por ignominia, afrenta o desprecio, especialmente a los moros y judíos”.

Y perrengue era como se decía “al negro, porque se encoleriza con facilidad, o por llamarle perro disimuladamente”.

Sí, el sentido despectivo de la palabra es bastante viejo, y bien lo explicaba Roque Barcia en su Diccionario de Sinónimos, de 1910, en el que hacía ver cómo perro se usa para despreciar e insultar.

“Así decimos: me ha hecho una perrada. Nada más extraño ni más absurdo que decir: me ha hecho una caninada… Así decimos: dientes caninos. Nada más raro que decir: dientes perrunos”.

Ahora los tiempos han cambiado y la discriminación se ha quedado atrás: ahora le decimos perro a cualquiera que se porte mal, sin importar su color de piel o religión.

Otra curiosa relación perro-hombre está en la palabra escuintle o escuincle, que viene del nahua itzcuintli, que significa “perro sin pelo”, y de ahí la asociación con los niños.

Terminemos con algo de vocabulario perruno: para expresarse, el perro da un ladrido; si se queja, es un gañido; si amenaza, un gruñido; si está triste, un aullido, y si te muerde, es una tarascada.

A un conjunto de perros se le llama perrada o perrería, y si son de caza, entonces es una jauría.

Fuentes: 1, 5, 9, 11, 13.

 

Una conjugación que a nadie satisface

24 Feb

Por Zazil-Ha Troncoso

Desde el primer Diccionario de la Real Academia Española que existe el verbo satisfacer, y casi tres siglos después, es hora que seguimos batallando para conjugarlo.

“¿Satisfacieron sus necesidades?”. Mmmm, suena bien, lógico, razonable, natural, aunque siempre queda ese dejo raro. Como que no estamos muy convencidos…

Ciertamente es incorrecto. En su lugar debe usarse el, sí, horroroso satisficieron. Y peor, lo que sería una respuesta: “Sí, satisficimos nuestras necesidades”.

Por donde se le busque suena raro, aunque esté bien: satisfaré, satisficiste, satisfaría, satisfaremos… Ya un poco más decente nos suena: satisface, satisfaga, satisfacíamos. Ahí no hay nada que objetar.

¿Cuál es el secreto para conjugar el verbo satisfacer correctamente? Sencillo, como lo hacemos con el verbo hacer.

Visto así, entonces el uso de satisfacieron, tan frecuente en nuestra habla, pierde todo sentido cuando caemos en la cuenta de que nunca jamás diríamos hacieron.

En cambio sí es correcto el gerundio satisfaciendo porque sí haríamos sin problemas la conjugación haciendo.

¿Y por qué, millones de satisfacieron orales y escritos después, la Real Academia se niega a modificar la conjugación para seguirle la corriente al vulgo?

Basta poner como ejemplo lo que hizo la institución con el verbo licuar, que todavía a finales del siglo pasado se conjugaba como averiguar, es decir, “yo licuo, tú licuas…”

Pero después de tantos licúo, licúas…, ahora se conjuga como actuar, aunque todavía se acepte la anterior forma de hacerlo.

En el caso de satisfacer, habría motivos sobrados por parte de la Real Academia para persistir en que se conjugue como hacer.

Y es que finalmente, satisfacer viene del latín satisfacere, integrado por las palabras latinas satis -o sea, bastante– y facerehacer-.

El caso es que entre la lógica postura de la Real Academia, y la lógica oral de los hablantes, el único acuerdo es que no hay acuerdo, y por lo que se ve, ni una ni otra parte quedarán satisfechas.

Y mientras, según el Corpus de Referencia del Español Actual, por cada dos que utilizaron satisficieron, hay uno que usó el incorrecto satisfacieron. Y eso que hablamos de escritos, donde predomina el uso culto y la corrección de estilo.

¿Quién ganará la batalla? Y lo mejor de todo: ¿cuándo?

Fuentes: 1, 14.